Los Shapis: Conjunto emblemático de la cumbia peruana cumple 40 años de vigencia

Los Shapis: Conjunto emblemático de la cumbia peruana cumple 40 años de vigencia

29 de marzo de 2021 Desactivado Por amazoniatvr

En el valle del Mantaro, Los Shapis tomaron el nombre de una danza tradicional y crearon la chicha, una vertiente singular de la música tropical. Su estilo ha calado en el corazón del migrante, del ambulante, del proletario. En medio del covid-19, Jaime Moreyra y Julio Simeón siguen en la brega.

Fotos: Archivo Histórico del Diario Oficial El Peruano

1. 

El 14 de febrero de 1981, en el valle del Mantaro, el travieso Cupido aprendió a bailar chicha. O cumbia andina peruana. Ese día, Los Shapis debutaron en el podio del coliseo regional de Huancayo. Timbales, bajo, guitarra, teclados, voz. Eran un géiser de sabor y sentimiento.

La matriz del conjunto era el dúo conformado por Julio Simeón, el pequeño y alegre cantor de Chupaca que se ganó un lugar en la historia de la música tropical con sus saltitos en el escenario, su apelativo de Chapulín El Dulce, sus guapeos y su timbre.

Y la primera guitarra de Jaime Moreyra. Los punteos del músico juliaqueño no eran ni calco ni copia de extramares. Recorría el diapasón de la guitarra eléctrica pisando las notas que horadaban en el pecho de los migrantes del campo a la ciudad: los conectaba directamente con el universo andino, pero de un modo actual. Algo nuevo habían gestado.

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Al año siguiente, con Discos Horóscopo lanzaron su primer elepé, Los auténticos Shapis (1982). De las 12 canciones sobresale “El aguajal”. Los catapultó a los dulces brazos de la fama. Conquistaron las radios de provincias, y de ahí, Lima solo fue un paso. Otros primeros éxitos fueron “Tu boda”, “Borrachito, borrachón” y “Mi tallercito”.

Hecho anecdótico fue el de la portada. El diseñador de la disquera copió el arte del álbum Road to ruin (1978) de la banda punk estadounidense Ramones. A los cuatro personajes con jeans rotos y casacas de cuero los aderezaron con algunas estrellas, el nombre del grupo y de las canciones en colores. Era un huso musical distinto.

Como los demás grupos de cumbia, Los Shapis habían empezado con chalecos, camisas con bobos, pantalón palazzo, pretina. Pero sentían que su música no iba con ese look. Le faltaban technicolor y sencillez. Sorry, Ramones.

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Un día, caminando por el distrito de San Luis, Jaime Moreyra reparó en los exhibidores de la tienda Miami Polos. Se enamoró de los polos de manga corta que llevaba estampados sobre el pecho rojo, azul y naranja. Moreyra compró unos cuantos polos cuando todavía todos los integrantes eran talla S.

El fabricante se ofreció a confeccionar polos en el diseño que quisieran. Y Los Shapis diseñaron su propia vestimenta, con mangas a tres cuartos y un degradé de colores sobre el pecho. Subían en líneas paralelas del blanco, amarillo, naranja, rojo al azul. Tanto los hombros como las mangas eran azules. El pantalón y los mocasines eran totalmente albos.

Así, coloridos, marcarían el norte en las portadas de sus dos álbumes que grabaron en 1983: Los originales Shapis y Los indiscutibles Shapis. Sobresalen “La novia”, “Mi vecinita” y “Ladrón de amor”.

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Pero Los Shapis querían medirse en el barómetro capitalino. La prueba de fuego se dio en 1983, cuando participaron en el Festival de la Cumbia Peruana que organizaba el locutor Román “Ronco” Gámez en la Concha Acústica del Campo de Marte de Jesús María.

El recinto reventaba del público tropical. Entre los participantes estaban los más granados de todas las vertientes de la cumbia. Los Destellos, Los Mirlos, Chacalón y la Nueva Crema, etcétera. Todos tenían un look bastante similar (camisita con bobos, saco, pantalones, etcétera) y desempeño similar. Los Shapis sobresalían por su deportivo, colorido uniforme y pasitos.

Solo se permitían dos canciones por grupo. Pero cuando subieron Los Shapis y terminaron, el público no dejaba de pedir, otro, otro. Eran gente que había venido especialmente para verlos, trabajadores de mercados, pequeños comerciantes que los escuchaban en las radios matutinas. Una banderola flameaba con el nombre del conjunto del Centro del país.

El Ronco dio luz verde: “Si la gente lo pide, sigan”, dijo. Cuando terminaron, de nuevo se repitió la escena y solo pudieron dejar el escenario cuando tocaron cinco canciones. Lima se había caído rendida a los pies de Los Shapis.

Amén del traje innovador, Jaime Moreyra considera que el éxito se debe sobre todo a las “letras vividas” de sus canciones, que las trabajaban en tonalidades menores. “Las canciones agarraron carne porque cantaban a su vida, pericias, la problemática del hombre andino en la costa. Antes, la gente no quería decir de dónde era, pero nosotros decíamos: yo soy de Puno, yo soy de Chupaca, y eso les sirvió. La gente se sacó la mascarita. Los Shapis aportaron en un proceso de identidad”.

2. 

La pandemia ha marcado una disonancia en la carrera del conjunto. Jaime, prácticamente, dejó de componer. “No hay inspiración. Es una desgracia la que vivimos en nuestro país, un escenario sombrío, sin camas UCI, y cómo nos engañan los que dirigen nuestra patria”, lamenta. Y Julio Simeón, por ser paciente diabético, se “guarda”. Casi no pisa la calle. Sigue cantando en casa, aunque dice que no es lo mismo, falta el trato con el público.

Por el grupo han pasado más de 70 integrantes. Una decena trabaja en la banda sonora con San Pedro. Los Shapis están dolidos: uno de los músicos jóvenes, quien los acompaña tocando los bongós, falleció recientemente víctima del nuevo coronavirus. También han partido varios cultores de la música tropical peruana en estos meses.

El año pasado, por su aniversario número 39, Los Internacionales Shapis hicieron un concierto en Plaza Vitarte, con invitados, con el público vibrando en el escenario de Ate. Pero al mes siguiente empezó el estado de emergencia nacional. Dejaron de tocar. Suspendieron también sus espacios radiales de Shapimanía, en Lima, Puno y Huancayo. En julio del 2020 tocaron dos veces. Fueron sus últimas veces en escena.

Pero la shapimanía continúa multiplicándose. Los seguidores de la banda en el Perú y el extranjero los animaron para hacer un aniversario inédito. Los Shapis habían visto cómo conciertos virtuales de sus colegas fracasaban, así que plantearon por las redes sociales a sus fans colaborar, que se cubran los costos de producción y entregar a todos los amantes de la chicha en el orbe un espectáculo A1, de ingreso libre. La “hinchada” respondió, “yapeó”, hizo sus depósitos desde el extranjero.

Julio y Jaime decidieron que el 14 de febrero –fecha central del calendario shapi–, por vez primera, no tocarían. Se dedicaron a contestar las llamadas y saludos de los seguidores, los chicheros de corazón. Los tiktokeros se sumaron y las canciones de Los Shapis se volvieron tendencia.

Moreyra jura que, desde que empezaron en 1981, hasta este singular 2020-2021, nunca habían tenido vacaciones. En su primera década de actividad empezaban a tocar el jueves y terminaban el lunes (“lunes de zapatero”). Recorrían todo el país, filmaban una película (Los Shapis en el mundo de los pobres, 1986), hacían giras al extranjero. Eran tiempos, recuerda el músico, cuando un único grupo se fajaba seis horas en el escenario solo y con únicos 10 minutos de intermedio.

Ahora llegaron estas extrañas vacaciones, “vacaciones en exceso”, apuntan ambos músicos. Pero el show debe continuar. El lunes 15, a las 3 de la tarde, presentaron el concierto: catorce éxitos de oro y, para cerrar, un mix de huaylarsh muy a su estilo. El viernes 19 cerraron la inusual semana de aniversario con una misa online por la salud de sus integrantes y la memoria de los músicos que ya partieron. La shapimanía no se crea ni se destruye, solo se transforma.